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                                                 Donde  Crece el Ombú

                                                     Estracto del libro: "San Isidro es Distinto".  Texto: Oscar Taffetani    (p) 1996


                                                 Domingo en los suburbios de San Isidro (P.Pueyrredón)

                    Los conquistadores se asombraron de ver aquellos campos verdes

                    junto al río, prolijamente sembrados.

Para el guaraní y el querandí –antiguos hijos de América, colonizadores sin yelmo ni espada-, trabajar el suelo era tan importante como contemplar y gozar de cada pequeño fruto de la creación.

                     Eran ecologistas, sin saberlo.

La tierra apenas arada, roxada, al decir del español, lanzaba al cielo erguidas plantas de maíz, las pequeñas flores azules que anuncian la papa y también batatas, maníes, porotos, zapallos, fruto de un suelo feraz tendido a orillas del Mar Dulce.

"Guaraníes de las roxas", llamo entonces el conquistador a los primitivos habitantes del Pago de la Costa. Y aquel nombre les hacía justicia: maestros en el arte de rozar la tierra, de acariciarla con sus vidas plenas y sencillas.

Eran sanisidrenses sin saberlo.

Quienes bajaron de los barcos en 1536 (con Pedro de Mendoza) o medio siglo después (con Juan de Garay), debieron resolver problemas semejantes: guarecerse de la lluvia, protegerse de insectos y alimañas, procurarse un blando colchón para descansar de las jornadas.

Imitaron entonces a aquellos aborígenes de la ribera del Plata. De cañas y barro, de paja totora y junco, fueron los primeros ranchos del "Monte Grande", antecedente catastral de San Isidro.

En 1817, mucho después que Garay, pasó por el pago de la costa el pintor viajero Emeric Essex Vidal. Con su caja de acuarelas compuso paisajes que aún hoy serían típicos de San Isidro: el camino del Bajo y el camino del Alto; la arboleda cercando las casas; la torre de la iglesia, sola, cortando el cielo.

Aquella iglesia pintada por Vidal no fue la primera, sino la segunda que mandó a levantar Domingo de Acassuso en la barranca. Austera, sencilla, no muy diferente de las capillas que habían construido sus ancestros del País Vasco, por generaciones.

Para ese entonces, las suertes otorgadas originalmente por Garay a sus expedicionarios de 1580 se habían convertido en rendidoras chacras que producían el trigo y las legumbres que alimentaban a la naciente ciudad de Buenos Aires.

Tal como había establecido Acassuso en la escritura de la Capellanía, las tierras del Santo eran absolutamente inalienables y su renta destinada únicamente a garantizar "veinte misas rezadas y una cantada en cada un año", incluyendo, por supuesto, la fiesta del patrono San Isidro Labrador.

Las tierras asignadas en 1706 al mantenimiento de la capilla, cambiaron varias veces de manos y destino, acompañando el desarrollo urbano. Sólo una parte del mandato permaneció invariable: cada 15 de mayo, desde hace 290 años, las campanas de San Isidro llaman a celebrar el Santo de los Chacareros.


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